De primeras lo odié, con ese odio beligerante y respondón que augura sólo el ineluctable enamoramiento. La luz me parecía mortecina; el desorden, totalmente disuasorio; los dependientes, tristes, malgreñados; la marabunta de compradoras, intimidante.
Lo conocí en la esquina de Gran Vía, descomunal, caótico, agotador... Me dio pereza y, casi, miedo. Lefties, en mi primera impresión, me pareció un horror. Mejor el Sepu. Mejor H&M. Mejor ahorrar para dejarse caer, una tarde de rebajas por Bimba y Lola. Mejor, la abstemia compradora.
Al arrullo del mileurismo contumaz y en mis paseos de vuelta a casa (entonces vivía en Lavapiés) me fui reconciliando con Lefties, esta vez a la vera de la Puerta del Sol, junto al Zara más feo de todos los Zaras que conozco (el de calle Carretas). Que querías unas bailarinas tintineantes por 10 euros, rebuscabas, rebuscabas, y allí estaban. Que te quemaban 2 euros en el bolsillo... una camiseta, un pañuelo, unos pendientes resultones te estaban esperando. (oh, bendita sección de taras, ¡cuántos hallazgos!) Que, pasado el día 15, se te metía entre ceja y ceja que necesitabas un jersey. Voilá. San Amancio de los pobres, tenía la respuesta.
En mi nueva ubicación, a salvo de tentaciones que, en mi humilde opinión, está cada día más sobrevaloradas (75 euros un vestidín de gasa en Zara ¡overrated! 80 pavos una rebeca en Mango. ¿what? 49 euros una blusa -muy bonita- en H&M. ¡vade retro!...) tengo sólo un Lefties y un par de tiendas de chinos como válvulas de evasión en las tardes de ineludibles pulsiones compradoras. Y entre Lefties y las tiendas de chinos... el Lefties lo tengo más explorado.
Y lo adoro. Lo adoro porque me encuentro a las vecinas (desde las adolescentes entontolinadas a las abuelas modernas, de las inmigrantes latinas a las europeas del Este) Lo adoro porque siempre hay algún tesoro oculto en algún sitio. Lo adoro porque no hay lugar más barato donde encontrar un regalo. Lo adoro porque su ropa, bien disimulada, hace de básico tan duradero -o más- que los de otras tiendas para la plebe. Lo adoro porque, desde 4 euros (desde 8 ha sido hoy), te chutas un analgésico consumista que te alivia los sobresfuerzos laborales, las horas extra, las carreras interminables... y que te da más ganas de currarte el estilismo de sábado noche.
13 de noviembre de 2010
9 de noviembre de 2010
Por las muy elegantes señoras del barrio de Prosperidad
Las veo en el bus, a las tres, tan elegantes, tan peripuestas, tan comedidas con sus boquitas de pitiminí y sus guantes de piel vuelta, y me reconcilio un poco con el mundo.
Yo cojo el 9 en la calle Velázquez, recién salida de trabajar, refunfuñando para mis adentros porque otra vez me ha tenido que rescatar Vicente, el conserje, de la puerta acerrojada para la noche.
Las elegantes damiselas que inmediatamente atrapan mi atención van sentadas en la primera de las filas traseras del autobús, llevan el mismo tinte de color de otoño e idénticos tirabuzones escarolados recién salidos de la peluquería. Una de las tres amigas viste un abrigo de cuero tipo matrix que le llega al tobillo escueto apenas cubierto por la aleve media de mezclilla. La segunda, un barbour lustrado más deportivo, aunque un broche con una perla se adivina orgulloso en la solapa de su sobrio traje de chaqueta. La tercera luce, solemne, un astracán, a juego con sus rizos, que me vuelve loca.
Llevan las tres zapatitos de tacón de los que llaman kitten (zapatos de abuelita bondadosa en su salida al bingo), huelen a flores de violeta y a lavanda, se han pintado con esmero las pestañas, se han acicalado con esmero festivo y ahora cuchichean con jolgorio en la víspera de la Almudena. No sé si salen de misa, si vuelven del cementerio, si quedaron para merendar un chocolate con churros y ahora regresan a casa o si acaban de emperifollarse para salir de farra, pero se dirigen al barrio de Prosperidad, el mío, y van tan animadas, tan coquetas, tan joviales, tan amigas entre sí, que da gloria verlas reirse y cotorrear en la noche de otoño.
Las arrugas se les arraciman en las comisuras de los labios y alrededor de sus ojillos traviesos porque van riéndose de mil tonterías que apenas oigo. Y me acuerdo de Penélope (que no se llama Penélope aunque me jugaría una mano a que Serrat se inspiró en ella) esta la mujer tan alta y esbelta, que siempre está sola en la calle Goya, sentada en su banco frente a Nebraska, con sus medias de puntilla blanca y abrigo marrón y su mirada triste. Podrían hacerse amigas para merendar juntas una bamba de nata en el Viena Capellanes...
Me parece que mis muy elegantes señoras están gozando la vida rabiosamente. Que están contentas. Y me contagian su alegría sólo de verlas.
"Feli, le llamábamos Feli -escucho decir a la más dorada de mis cotilleadas compañeras, entre risas- pero mi marido se llamaba Felicísimo. A ver si superas eso".
Yo cojo el 9 en la calle Velázquez, recién salida de trabajar, refunfuñando para mis adentros porque otra vez me ha tenido que rescatar Vicente, el conserje, de la puerta acerrojada para la noche.
Las elegantes damiselas que inmediatamente atrapan mi atención van sentadas en la primera de las filas traseras del autobús, llevan el mismo tinte de color de otoño e idénticos tirabuzones escarolados recién salidos de la peluquería. Una de las tres amigas viste un abrigo de cuero tipo matrix que le llega al tobillo escueto apenas cubierto por la aleve media de mezclilla. La segunda, un barbour lustrado más deportivo, aunque un broche con una perla se adivina orgulloso en la solapa de su sobrio traje de chaqueta. La tercera luce, solemne, un astracán, a juego con sus rizos, que me vuelve loca.
Llevan las tres zapatitos de tacón de los que llaman kitten (zapatos de abuelita bondadosa en su salida al bingo), huelen a flores de violeta y a lavanda, se han pintado con esmero las pestañas, se han acicalado con esmero festivo y ahora cuchichean con jolgorio en la víspera de la Almudena. No sé si salen de misa, si vuelven del cementerio, si quedaron para merendar un chocolate con churros y ahora regresan a casa o si acaban de emperifollarse para salir de farra, pero se dirigen al barrio de Prosperidad, el mío, y van tan animadas, tan coquetas, tan joviales, tan amigas entre sí, que da gloria verlas reirse y cotorrear en la noche de otoño.
Las arrugas se les arraciman en las comisuras de los labios y alrededor de sus ojillos traviesos porque van riéndose de mil tonterías que apenas oigo. Y me acuerdo de Penélope (que no se llama Penélope aunque me jugaría una mano a que Serrat se inspiró en ella) esta la mujer tan alta y esbelta, que siempre está sola en la calle Goya, sentada en su banco frente a Nebraska, con sus medias de puntilla blanca y abrigo marrón y su mirada triste. Podrían hacerse amigas para merendar juntas una bamba de nata en el Viena Capellanes...
Me parece que mis muy elegantes señoras están gozando la vida rabiosamente. Que están contentas. Y me contagian su alegría sólo de verlas.
"Feli, le llamábamos Feli -escucho decir a la más dorada de mis cotilleadas compañeras, entre risas- pero mi marido se llamaba Felicísimo. A ver si superas eso".
7 de noviembre de 2010
Por los aromas florentinos
Acabo de pasar unos días en Florencia. -A volte, sono troppo fortunata- y me he traído en el recuerdo una carta de aromas que ni el Jean-Baptiste Grenouille de Patrick Suskind.
Porque, en medio del olor a sol y a molicie y a belleza de estos días de primeros de noviembre, la que sin duda es una de las ciudades más justamente elogiadas del mundo (que se lo digan a Stendhal ante la Santa Croce), se me ha presentado en clave de olor.
El olor del capuccino -penetrante perfume de café y leche caliente- del desayuno en la terraza de Scudieri, recoleta terraza florentina ante esa maravilla inenarrable que es el Campanille de Giotto.
El olor caprichoso del lujo y la indolencia de cada una de las boutiques de marcas pijas (de Ferragamo a Gucci, de Moschino a Dolce&Gabanna, de Prada a la Bottega Panerai) que jalonan el centro histórico.
Las mil y una fragancias (a musgo, a vainilla, a mirra, a maderas, a césped, a miel, a zanahoria...) de la lujosa barra de aromas de L'Olfattorio, impresionante coctelería olfativa capaz de encontrar, entre las cúpulas de pandeoro y las lámparas constelatorias, el aroma perfecto para cada cliente.
Estos días, Florencia ha sido, para mí, sinónimo del aroma de los deliciosos panini tartufati de Procacci (trufa hecha bocadillo, pero también mantequilla, tagliolini, bombón, panacea...), fragancia pura y rotunda de trufas, que marea y embriaga nada más abrir la puerta de este delicatessen de lujo en la penumbra de la pizpireta calle Tornabuoni (¿quién no se vuelve bueno con tanto deleite?)
Y me ha olido la ciudad de los Medicis al cuero curtido del colorido Mercado de San Lorenzo (olor de guantes de piel de cordero, de cartapacios de napa envejecida, de atrapapalabras encuadernados en ante, de bolsos de todos los colores y todas las formas y todos los tamaños...)
Porque Florencia huele a vino y a hambre, a Chianti y a mortadela (como los muy deliciosos de Fredobaldi), a pizza de pecorino (la Bussola), a paté de hígado y a carne de morcillo con pimienta como los del inolvidable 'peposo' de la trattoria 4 Leoni, a polvos de Collstar de la Rinascente, al cioccolato con panna de ese café literario donde nació el Futurismo (Giubbe Rosa), a las cadenitas de oro y diamantes del Ponte Vecchio.
Y aún a más cosas...
Porque, al cabo, al acabar mis golosas y gozosas jornadas de 'fancazzista', mareada de tantos olores de manjares y tesoros, a la vuelta de la esquina de la Piazza della Santa Trinitá y la Via delle Terme, me abrumaba todavía el aroma de rosas recién cortadas desde la misma recepción del NH Porta Rossa, un hotel del que dicen que es el más antiguo de Italia, el único, sin duda, cuyas vidrieras rosadas rezan -en honor a sus antiguos propietarios traficantes de opio- la extravagante leyenda "Per non dormire".
Yo sí he dormido aquí y muy bien, por cierto, en sus mullidos colchones donde, hace un montón de años se rodaron esas escenas míticas de Amici Miei.
Y en la cima de su torre Monalda, asomada a las mejores vistas de la ciudad dantesca, he soñado con los mil aromas de la vita bella.
3 de noviembre de 2010
por los cosechadores de flechazos
Los hay rompecorazones, generadores de suspiros, carne de 'gruppies', hombres altamente enamorables.
No es condición necesaria ni suficiente que sean guapos, pero ayuda, claro.
Los hay canallas -mis favoritos-, buenazos, barbudos y repeinados, moteros y gafapásticos, tíos duros y románticos, Casanovas y Clark Kents, los irredentos a los que querrías redimir y los cachopanes que querrías que cuidaran a tus hijos.
Son todos aquellos seductores que te recuerdan al malo-de-la-clase que te miraba de soslayo con sonrisa de pícaro desde el otro lado del aula (en mi caso, quería mis apuntes), al profe de filosofía por el que suspirabas en el recreo (quizás le había recomendado mis apuntes al pellero), al compañero de curro con el que soñabas encontrarte en el ascensor, al guaperas de las primeras discotecas, al actor del que te enamoraste ineluctablemente desde la butaca del cine (territorio altamente proclive al delirio amatorio).
Últimamente, he esbozado una lista de donjuanes contemporáneos, he fichado un ramillete de macizos y brindo alegremente por ellos en este blog (con permiso de mi donjuán particular que, él lo sabe muy bien, es el más guapo de todos ellos y, además, toca la guitarra)
Eso nos conduce al primer gremio: los músicos. ¿no ligan, estadísticamente más, los guitarristas, pianistas y bateristas que cualquier otro simple mortal? Después del último concierto de Michael Bublé en el Palacio de los Deportes de Madrid, y aunque siempre pensé que este italocanadiense rubiales no era mi tipo (me daba un aire rechonchillo e impostado), debo, rotundamente, desdecirme.
El nieto espiritual de Bobby Darin, el pupilo aventajado de Sinatra -y Michael Jackson- no sólo tiene un vozarrón, sino que más salao no puede ser. Por simpático, por bromista, por romántico empedernido y por cómo se deslizaba por el escenario, me sumerjo en su club de fans. Michael, I haven´t met you yet. Mis disculpas.
Segundo gremio: los actores.
Siempre he sentido debilidad particular por los intérpretes franceses, de Daniel Auteuil a Louis Garrel, de Alain Delon a Vicent Cassel.
Al que dedico este panegírico no es el tío más guapo de la tierra, pero tiene tres cosas imprescindibles para que un flechazo pueda convertirse en amor incondicional y verdadero. Bonita voz, bonitas manos y nariz importante (se suma, como plus, la barba desaliñada de un par de días). Por su encantador papel de rompecorazones en esa joyita de comedia que es "L'Arnacoeur", por lo bien que le sienta el esmoquin blanco y porque ya le había echado yo el ojo en "L'Auberge Espagnole" y "Las muñecas rusas", Romain Duris acaba entrar en mi selecto club particular de seductores. Mon plaisir.
Tercer gremio: los vampiros. Cierto, son actores (por más que sean guapos a rabiar y morder, no son mi tipo ni el entontolinao y jamesdeanesiano Robert Pattison en su papel de Edward Cullen ni el mucho más interesante Stephen Moyer), pero en este caso en concreto ¿quién conocía a Alexander Skarsgard -la a lleva un redondelito que no sé reproducir-, ese espectacular muchacho sueco de facciones perfectas y notables capacidades actorales, antes de convertirse en el altamente deseable Eric Northman de True Blood? ¿Quién puede recordarlo lejos de los delantalitos de camarera de Sookie, en impar sin su inseparable Samantha? Yo no. Así que Alex es un vampiro en mi listado y en mi corazón. Y así me gusta (apréciese, por favor, el plus de la barba de tres días, si bien primorosamente recortada, en la foto)
Y cuarto gremio: Escritores. En su caso la seducción puede empezar antes de reconocer su faz en la contraportada, es más, suele iniciarse como un conjuro susurrado al hilo de sus conmovedoras, desternillantes o catárticas historias. Es lo que me pasa con escritores objetivamente atractivos como Carlos Fuertes, Mario Vargas Llosa, Fréderic Beigbeder o Paul Auster (quizás no tan impepinablemente seductores de no haber leído su maravillosa literatura) pero también con otros que, sin duda, no lo son tanto como a mí me lo parecen. Pongo por caso el del orfebre de historias que es Pedro Zarraluki, con su deliciosa "Todo eso que tanto nos gusta" o ese chico con cara de hambre y susto, con ese chavalín con pinta de empollón que es David Trueba (desde su desternillante "Abierto toda la noche" hasta "Saber Perder") o el seductérrimo Hector Abad Faciolince.
mmm. me estoy dando cuenta de que me estoy embalando, de que no son pocos los rompecorazones. Quizás debería inaugurar un blog alternativo sólo para ellos, tan guapos, tan fornidos, tan brillantes, tan encantadores...
No es condición necesaria ni suficiente que sean guapos, pero ayuda, claro.
Los hay canallas -mis favoritos-, buenazos, barbudos y repeinados, moteros y gafapásticos, tíos duros y románticos, Casanovas y Clark Kents, los irredentos a los que querrías redimir y los cachopanes que querrías que cuidaran a tus hijos.
Son todos aquellos seductores que te recuerdan al malo-de-la-clase que te miraba de soslayo con sonrisa de pícaro desde el otro lado del aula (en mi caso, quería mis apuntes), al profe de filosofía por el que suspirabas en el recreo (quizás le había recomendado mis apuntes al pellero), al compañero de curro con el que soñabas encontrarte en el ascensor, al guaperas de las primeras discotecas, al actor del que te enamoraste ineluctablemente desde la butaca del cine (territorio altamente proclive al delirio amatorio).
Últimamente, he esbozado una lista de donjuanes contemporáneos, he fichado un ramillete de macizos y brindo alegremente por ellos en este blog (con permiso de mi donjuán particular que, él lo sabe muy bien, es el más guapo de todos ellos y, además, toca la guitarra)
Eso nos conduce al primer gremio: los músicos. ¿no ligan, estadísticamente más, los guitarristas, pianistas y bateristas que cualquier otro simple mortal? Después del último concierto de Michael Bublé en el Palacio de los Deportes de Madrid, y aunque siempre pensé que este italocanadiense rubiales no era mi tipo (me daba un aire rechonchillo e impostado), debo, rotundamente, desdecirme.
El nieto espiritual de Bobby Darin, el pupilo aventajado de Sinatra -y Michael Jackson- no sólo tiene un vozarrón, sino que más salao no puede ser. Por simpático, por bromista, por romántico empedernido y por cómo se deslizaba por el escenario, me sumerjo en su club de fans. Michael, I haven´t met you yet. Mis disculpas.
Segundo gremio: los actores.
Siempre he sentido debilidad particular por los intérpretes franceses, de Daniel Auteuil a Louis Garrel, de Alain Delon a Vicent Cassel.
Al que dedico este panegírico no es el tío más guapo de la tierra, pero tiene tres cosas imprescindibles para que un flechazo pueda convertirse en amor incondicional y verdadero. Bonita voz, bonitas manos y nariz importante (se suma, como plus, la barba desaliñada de un par de días). Por su encantador papel de rompecorazones en esa joyita de comedia que es "L'Arnacoeur", por lo bien que le sienta el esmoquin blanco y porque ya le había echado yo el ojo en "L'Auberge Espagnole" y "Las muñecas rusas", Romain Duris acaba entrar en mi selecto club particular de seductores. Mon plaisir.
Tercer gremio: los vampiros. Cierto, son actores (por más que sean guapos a rabiar y morder, no son mi tipo ni el entontolinao y jamesdeanesiano Robert Pattison en su papel de Edward Cullen ni el mucho más interesante Stephen Moyer), pero en este caso en concreto ¿quién conocía a Alexander Skarsgard -la a lleva un redondelito que no sé reproducir-, ese espectacular muchacho sueco de facciones perfectas y notables capacidades actorales, antes de convertirse en el altamente deseable Eric Northman de True Blood? ¿Quién puede recordarlo lejos de los delantalitos de camarera de Sookie, en impar sin su inseparable Samantha? Yo no. Así que Alex es un vampiro en mi listado y en mi corazón. Y así me gusta (apréciese, por favor, el plus de la barba de tres días, si bien primorosamente recortada, en la foto)
Y cuarto gremio: Escritores. En su caso la seducción puede empezar antes de reconocer su faz en la contraportada, es más, suele iniciarse como un conjuro susurrado al hilo de sus conmovedoras, desternillantes o catárticas historias. Es lo que me pasa con escritores objetivamente atractivos como Carlos Fuertes, Mario Vargas Llosa, Fréderic Beigbeder o Paul Auster (quizás no tan impepinablemente seductores de no haber leído su maravillosa literatura) pero también con otros que, sin duda, no lo son tanto como a mí me lo parecen. Pongo por caso el del orfebre de historias que es Pedro Zarraluki, con su deliciosa "Todo eso que tanto nos gusta" o ese chico con cara de hambre y susto, con ese chavalín con pinta de empollón que es David Trueba (desde su desternillante "Abierto toda la noche" hasta "Saber Perder") o el seductérrimo Hector Abad Faciolince.
mmm. me estoy dando cuenta de que me estoy embalando, de que no son pocos los rompecorazones. Quizás debería inaugurar un blog alternativo sólo para ellos, tan guapos, tan fornidos, tan brillantes, tan encantadores...
1 de noviembre de 2010
Por la memoria de los cachivaches
Anteayer, mi amiga E* me trajo a casa un sofá cama. Es un futón de Ikea desmontable en el que dormía en su casa de Aluche, mientras fui su coinquilina. Marcos -que entonces debía de tener poco más de dos años- me ayudaba a recomponerlo los sábados y los domingos por la mañana y nos inventábamos que era un tren transiberiano o un avión de camino a China (siempre a China, nuestra aerolínea imaginaria no tenía ruta a ningún otro aeropuerto). Mis sábanas azules formaban olas a la orilla del solecito indolente del fin de semana, y entre ellas buscábamos pulpos despistados y sirenas perezosas.
Como mi amiga E* cambia de ciudad y deshace su casa, me pregunta si quiero mi sofá de vuelta. Yo me imagino que quizás pueda conservar, prendida entre las tablas de su somier, alguna chinita de aquellas playas asiáticas que nos inventábamos, y como, encima, me hace apaño y no quiero que lo tire, le pido, por favor, que me lo devuelva. Y ella es tan amable y tan encantadora que me lo trae hasta la casa nueva.
Y con el sofá vienen tres o cuatro bolsas llenas de cachivaches porque yo, que adoro los tesoros y las cosas bonitas, tengo la pésima costumbre de irlas dejando olvidadas por cualquier parte y, muy particularmente, entre mudanza y mudanza.
Y entonces, desmontando las bolsas de quincallería, maquinando sobre dónde voy a hacer desaparecer tantos papeles, fotos, cacharros, cuadernos y bártulos olvidados, sucede el momento epifánico que motiva este brindis.
Porque es entonces, asomada a las bolsas de plástico, cuando ocurre que me hermano con Proust, embelesado ante su magdalena empapada en té, con Marty McFly, anonadado ante su Delorean, porque me voy encontrando con mis maravillas y cada una tiene su memoria.
La pluma que me regaló mi amigo P* y con la que habría de firmar mis primeros autógrafos, mi libro de fotos parisinas a lo Doisneau, en el que planificaba mi futura mudanza a la Ciudad de la Luz; las llaves (tanto tiempo perdidas) de la casa de mi abuelo y otro montón de llaves que ni me acuerdo de dónde son, las postales de Berlín y de París que escribí -no recuerdo ya del todo a quién ¿o sí?- y que no llegué a enviar nunca; el gloss que compré en el aeropuerto Charles de Gaulle justo un minuto antes de embarcar antes de mi segunda aventura en Nueva York, el anillo de plata con esmalte verde que me dejó utilizar por primera vez mi abuela cuando tenía doce o trece años y que utilicé todo aquel invierno como amuleto, una figurita de plástico de Blas que me regaló mi amiga A* y aquella maravillosa cajita de música que en los días de lluvia de Astoria (Queens) me aseguraba que el sol llegaba después de cada invierno (Little, darling, it feels like years since it´s been here)...
Y cada cachivache y cada fotocopia de esa tesis que nunca llegué a presentar, y cada libro (El Señor de las Moscas, The Zen Pupil, El manejo de la imagen en la filmografía de Alfred Hitchcock...) y cada foto (mi hermana Martita tan pequeña de la mano de mi padre por el Paseo del Prado, mi autoretrato con el pelo corto en Santa Isabel...) me guiña el ojo antes de contarme una batallita que tenía empelusada y polvorienta en algún recoveco de mi mente. Y casi me sobrepongo de la morriña de haber dejado escapar durante tantos meses y meses estos tesoros, casi me perdono inmediatamente por haber ninguneado estos recuerdos, por la alegría inusitada que me remueve el reencontrarlos.
Y, al calorcito soleado del puente, entre bártulos, cajas de perfume todavía olorosas, bolsos viejos y espejitos de plata ennegrecida, entre cuadernos emborronados de proyectos que a veces se cumplieron y otras no, entre regalos y entradas amarilleadas por el paso de los días, me siento feliz de tener tantas cosas buenas de las que acordarme. "Here comes the sun, dubidubi, here comes the sun and I say... it´s all right"
Como mi amiga E* cambia de ciudad y deshace su casa, me pregunta si quiero mi sofá de vuelta. Yo me imagino que quizás pueda conservar, prendida entre las tablas de su somier, alguna chinita de aquellas playas asiáticas que nos inventábamos, y como, encima, me hace apaño y no quiero que lo tire, le pido, por favor, que me lo devuelva. Y ella es tan amable y tan encantadora que me lo trae hasta la casa nueva.
Y con el sofá vienen tres o cuatro bolsas llenas de cachivaches porque yo, que adoro los tesoros y las cosas bonitas, tengo la pésima costumbre de irlas dejando olvidadas por cualquier parte y, muy particularmente, entre mudanza y mudanza.
Y entonces, desmontando las bolsas de quincallería, maquinando sobre dónde voy a hacer desaparecer tantos papeles, fotos, cacharros, cuadernos y bártulos olvidados, sucede el momento epifánico que motiva este brindis.Porque es entonces, asomada a las bolsas de plástico, cuando ocurre que me hermano con Proust, embelesado ante su magdalena empapada en té, con Marty McFly, anonadado ante su Delorean, porque me voy encontrando con mis maravillas y cada una tiene su memoria.
La pluma que me regaló mi amigo P* y con la que habría de firmar mis primeros autógrafos, mi libro de fotos parisinas a lo Doisneau, en el que planificaba mi futura mudanza a la Ciudad de la Luz; las llaves (tanto tiempo perdidas) de la casa de mi abuelo y otro montón de llaves que ni me acuerdo de dónde son, las postales de Berlín y de París que escribí -no recuerdo ya del todo a quién ¿o sí?- y que no llegué a enviar nunca; el gloss que compré en el aeropuerto Charles de Gaulle justo un minuto antes de embarcar antes de mi segunda aventura en Nueva York, el anillo de plata con esmalte verde que me dejó utilizar por primera vez mi abuela cuando tenía doce o trece años y que utilicé todo aquel invierno como amuleto, una figurita de plástico de Blas que me regaló mi amiga A* y aquella maravillosa cajita de música que en los días de lluvia de Astoria (Queens) me aseguraba que el sol llegaba después de cada invierno (Little, darling, it feels like years since it´s been here)...
Y cada cachivache y cada fotocopia de esa tesis que nunca llegué a presentar, y cada libro (El Señor de las Moscas, The Zen Pupil, El manejo de la imagen en la filmografía de Alfred Hitchcock...) y cada foto (mi hermana Martita tan pequeña de la mano de mi padre por el Paseo del Prado, mi autoretrato con el pelo corto en Santa Isabel...) me guiña el ojo antes de contarme una batallita que tenía empelusada y polvorienta en algún recoveco de mi mente. Y casi me sobrepongo de la morriña de haber dejado escapar durante tantos meses y meses estos tesoros, casi me perdono inmediatamente por haber ninguneado estos recuerdos, por la alegría inusitada que me remueve el reencontrarlos.
Y, al calorcito soleado del puente, entre bártulos, cajas de perfume todavía olorosas, bolsos viejos y espejitos de plata ennegrecida, entre cuadernos emborronados de proyectos que a veces se cumplieron y otras no, entre regalos y entradas amarilleadas por el paso de los días, me siento feliz de tener tantas cosas buenas de las que acordarme. "Here comes the sun, dubidubi, here comes the sun and I say... it´s all right"
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