Yo, debo confesarlo inmediatamente, adoro los bares "de toda la vida", la estética viejuna de tabernilla ajada y castiza, la tasca de azulejo y gamba a tierra.
Entre un lounge-bar de claroscuros flúor y un buen tugurio aguardentoso, entre un 'penhouse' de camas balinesas y un arcaico bareto para jubilados, me quedo, alegremente, con los segundos.
Si Madrid está llena de garitos, hay muchos del tipo que a mí más me gusta y que bien merecerían un post como éste; de casi ninguno sé el nombre verdadero, me oriento por su ubicación y los recuerdos que pueda guardar de ellos: el bar de la muerte de Tirso, el de los cuentos chinos de detrás de Sol, el de la víspera de Navidad de Quevedo, el de la noche con Olga de San Vicente Ferrer, el que llamábamos del enano verde en las juergas con Elena... Otros mantienen su egregio nombre en mi memoria como un trofeo "La Venencia", "El Palentino", "La Casa de Granada"... y aún otros tienen un aire de impostura gafapástica que me hace dudar de su honestidad (¿fue siempre tan cool el Maño? ¿y el Dos de Mayo? ¿y las tintineantes Bodegas lo Máximo en que hoy sirven un ominoso garrafón?)
Entre todas estas estas cantinas de abolengo hay una por la que quiero brindar ahora y quiero hacerlo porque este fin de semana me eché unas buenas risas bebiendo su vino de la casa a 90 céntimos, pelando los pistachos de sus tapas y cotilleando las batallitas del par de borrachas afincadas en su barra de azulejo. En la callejuela de la Paz (a continuación de Correos), un par de pasos después de ese paraíso para las cosedoras y 'duityurselfistas' que es Pontejos, frente al fantastma de ese teatro maravilloso que fue el Albéniz, está la Casa de las Torrijas, el As de los Vinos, según proclama orgullosamente el precioso espejo de su salón.
Que nunca, entre las veces que he ido, me haya apetecido una torrija (de 1,30), que no me haya atrevido con sus olorosas raciones de callos (6 euros) o que el pequeño camarero de calva repeinada no se parezca nada de nada a Kortajarena (por más que no deje de ligar con las borrachas), es lo de menos. Este mesoncillo legendario a la vera de la puerta del Sol es un tesoro. No en vano, según reza un letrero, fue fundado, nada menos, que en 1907.
Siempre lo he pasado de miedo en la "Casa de las Torrijas". Su luz de gas, sus espejos omnipresentes, sus maleteros dorados, como de tren, sobre los banquitos de sus paredes, sus carteles de toreros y manolas, sus preciosos azulejos verdes y azules, sus polvorientas botellas de Soberano en exposición, su desubicado gato chino de la suerte (un gatito dorado de los del todo a cien) y sus mesas de colores brillantes con vehementes anuncios sobre las propiedades reconstituyentes del vino le ponen a uno de buen rollo.
Le da ganas a cualquiera de irse de farra, de beberse la vida a sorbos felices y de brindar sin parar por las cosas bellas.
25 de octubre de 2010
23 de octubre de 2010
Por los botines de bruja del Norte
Aunque ahora se lleven a más no poder, yo tengo unos desde hace cumpleaños y medio (iba a escribir "dos cumpleaños", pero me ha dado una punzada de viejunería y no he querido hacer sangre). Desconozco el término fashioneril para designarlos: a mí me recuerdan a las botitas de cordones de las bailarinas de can-cán o a los botines de Marie Poppins y la señorita Rottenmeier.
Fueron un regalo de mis amigos (más bien el regalo por el que cambie unas botas moradas que me habían regalado mis amigos) y, en honor a los amigos regaladores, mantuve el color de su elección, el morado.
Me los he puesto un trillón de veces, los he llevado sin parar al zapatero de tanto desgastarles los taconcitos de institutriz y se han convertido, con el roce y el cariño, en quizás mis zapatos predilectos, aunque a mí, con los zapatos, me pasa mucho que cuanto más me gustan es cuando están ajados y maltrechos, y un poco recocidos, casi como las botas de Chaplin en La Quimera de Oro. Cuando tienen en su piel un montón de recuerdos (y mis botines cancaneros son de piel, nada de oler a Blanco)
Me los he puesto con pitillos, con campanas, con vestidillos breves y con faldones largos, para ir a currar y para salir de fiesta, para ir de viaje y para quedarme en casa (soy una maniática, no me gusta nada andar en zapatillas ni pantuflas).
Mis botines conocen Lisboa y Estoril, Nápoles y Amalfi, Londres, París y Barcelona; se han paseado, en Madrid, del pulquérrimo barrio de Prosperidad a las entrañas de Lavapiés, del elegante Barrio de Salamanca a la desastrada Malasaña, del barrio del Pilar a Aluche, de Argüelles al Matadero.
Ahora están en todas las tiendas y yo quiero todas las variaciones de este modelo que a mí me hace pensar en la mala de "El Mago de Oz"(los de Zara, los de Hakei, los de Hazel y los de Fosco, los de Emme -juas juas- y los de Clarks... todos) Espero que eso entristezca a mis zapatitos morados... ¿tendrán celos los zapatos unos de otros? ¿qué se contarán, por la noche, en la oscura estrechez del zapatero?
Fueron un regalo de mis amigos (más bien el regalo por el que cambie unas botas moradas que me habían regalado mis amigos) y, en honor a los amigos regaladores, mantuve el color de su elección, el morado.
Me los he puesto un trillón de veces, los he llevado sin parar al zapatero de tanto desgastarles los taconcitos de institutriz y se han convertido, con el roce y el cariño, en quizás mis zapatos predilectos, aunque a mí, con los zapatos, me pasa mucho que cuanto más me gustan es cuando están ajados y maltrechos, y un poco recocidos, casi como las botas de Chaplin en La Quimera de Oro. Cuando tienen en su piel un montón de recuerdos (y mis botines cancaneros son de piel, nada de oler a Blanco)
Me los he puesto con pitillos, con campanas, con vestidillos breves y con faldones largos, para ir a currar y para salir de fiesta, para ir de viaje y para quedarme en casa (soy una maniática, no me gusta nada andar en zapatillas ni pantuflas).
Mis botines conocen Lisboa y Estoril, Nápoles y Amalfi, Londres, París y Barcelona; se han paseado, en Madrid, del pulquérrimo barrio de Prosperidad a las entrañas de Lavapiés, del elegante Barrio de Salamanca a la desastrada Malasaña, del barrio del Pilar a Aluche, de Argüelles al Matadero.
Ahora están en todas las tiendas y yo quiero todas las variaciones de este modelo que a mí me hace pensar en la mala de "El Mago de Oz"(los de Zara, los de Hakei, los de Hazel y los de Fosco, los de Emme -juas juas- y los de Clarks... todos) Espero que eso entristezca a mis zapatitos morados... ¿tendrán celos los zapatos unos de otros? ¿qué se contarán, por la noche, en la oscura estrechez del zapatero?
21 de octubre de 2010
Por los momentos de complicidad ante un Jaguar
Salgo de trabajar (calle Goya), tengo un evento a las 8 y media y como quiero hacer tiempo y necesito unas medias, me meto en H&M a estirar lo más que pueda el saldo de final de mes. Un calzedonia hubiera sido la solución idónea (disculpas por el ripio), pero H&M está mucho más cerca.
Las medias en cuestión, objeto de mis cuitas, me resultan bastante feas y nada baratas, de modo que salgo de ese reducto de felicidad consumista made in Suecia con las manos en los bolsillos de mi abrigo, un abrigo, por cierto, que es mi tesoro de las rebajas pasadas y que contribuye grandemente a mi felicidad. Si me lo pongo y le presto atención, estoy más contenta (es de Comptoir de Cotonniers).
A la vera del semáforo me detengo, lo mismo que un grupete de paseantes anónimos. Está en rojo.
Y entonces sucede.
Sucede que se desencadena todo lo que ahora me da la gana de festejar con este brindis.
Y es que un Jaguar alucinante, en color verde oliva, un carrazo despampanante de los que parece que ponen el mundo a cámara lenta a su paso, uno de esos, se detiene junto a nosotros.
Y del Jaguar desciende un atractivo caballero, en los 40, guapérrimo, rizos engominados, riguroso traje de chaqueta azul marino y abre una de las puertas traseras, la contraria al asiento del conductor, a nuestro lado.
Y entre el grupete de paseantes anónimos, una señorona morenaza con una infinitud de bolsas de papel en cada mano -una señora en que la nadie parecía haberse fijado mucho- se adelanta y, a la aleve inclinación de cabeza del apuesto chófer, entra en el cochazo portentoso (todo tiene un punto de superlativo en la escena) y deja cerrarse la puerta tras de sí, en un suspiro. oh!
Y entonces ocurre.
Ocurre que el grupete de paseantes deja de ser anónimo. Yo giro la cabeza hacia mi derecha y sonrío perversamente a mi vecina, una bella dama sin ninguna bolsa de ningún material en la mano, y ella, a su vez se gira hacia su ¿marido? un cincuentón, con bigote, y bastante aparente y éste le pega un codazo a la chavalina que está a su lado, diría que su hija (porque se le parece en todo salvo en el bigote)
Y soltamos una carcajada. "Igual nosotros somos más felices", filosofea alguien. "Igual un día un pedazo de Jaguar color verde oliva nos viene a buscar con chófer apuesto a alguna parte", fantasea una que yo me sé. "Igual nos toca la lotería" (brava, chavalina!)
Y entre bromas, cada cual cruza la calle Velázquez yo creo que fantaseando con lo que colaría en esa miríada de bolsas de tesoros.
Las medias en cuestión, objeto de mis cuitas, me resultan bastante feas y nada baratas, de modo que salgo de ese reducto de felicidad consumista made in Suecia con las manos en los bolsillos de mi abrigo, un abrigo, por cierto, que es mi tesoro de las rebajas pasadas y que contribuye grandemente a mi felicidad. Si me lo pongo y le presto atención, estoy más contenta (es de Comptoir de Cotonniers).
A la vera del semáforo me detengo, lo mismo que un grupete de paseantes anónimos. Está en rojo.
Y entonces sucede.
Sucede que se desencadena todo lo que ahora me da la gana de festejar con este brindis.
Y es que un Jaguar alucinante, en color verde oliva, un carrazo despampanante de los que parece que ponen el mundo a cámara lenta a su paso, uno de esos, se detiene junto a nosotros.
Y del Jaguar desciende un atractivo caballero, en los 40, guapérrimo, rizos engominados, riguroso traje de chaqueta azul marino y abre una de las puertas traseras, la contraria al asiento del conductor, a nuestro lado.
Y entre el grupete de paseantes anónimos, una señorona morenaza con una infinitud de bolsas de papel en cada mano -una señora en que la nadie parecía haberse fijado mucho- se adelanta y, a la aleve inclinación de cabeza del apuesto chófer, entra en el cochazo portentoso (todo tiene un punto de superlativo en la escena) y deja cerrarse la puerta tras de sí, en un suspiro. oh!
Y entonces ocurre.
Ocurre que el grupete de paseantes deja de ser anónimo. Yo giro la cabeza hacia mi derecha y sonrío perversamente a mi vecina, una bella dama sin ninguna bolsa de ningún material en la mano, y ella, a su vez se gira hacia su ¿marido? un cincuentón, con bigote, y bastante aparente y éste le pega un codazo a la chavalina que está a su lado, diría que su hija (porque se le parece en todo salvo en el bigote)
Y soltamos una carcajada. "Igual nosotros somos más felices", filosofea alguien. "Igual un día un pedazo de Jaguar color verde oliva nos viene a buscar con chófer apuesto a alguna parte", fantasea una que yo me sé. "Igual nos toca la lotería" (brava, chavalina!)
Y entre bromas, cada cual cruza la calle Velázquez yo creo que fantaseando con lo que colaría en esa miríada de bolsas de tesoros.
20 de octubre de 2010
por la calle Argensola...
...que con sus 25 números escasos y sus dos manzanas, es una de las calles más bonitas de Madrid.
Un poco pijita y coolhuntista, cierto, pero tan encantadoramente parisina (será que está a la vera de la plaza de la Villa de París, en el alto Chueca), tan bohemia con sus balcones de forja y sus bellísimos portales como el del número 20, envidia de los portales del vecino Barrio de Salamanca.
A mí me encanta irme entreteniendo, desde Mejía Lequerica hasta Génova, de escaparate en escaparate, de capricho en capricho (un entretenimiento platónicamente estético y visual, nada de comprar a estas alturas del mes), de Nice Things a la Pluscuamperfecta, de Suus -madonna, ché scarpe italiane!- a Amaté -golosinería a la enésima potencia- de Antaura a A13... ¡La vida puede ser tan requetemonísima!
Uno (una) se asoma a todas esas promesas de tesoros vintage (ahora queda en mi corazón el recuerdo de un colgante dorado con forma de guepardo que quisiera haber heredado de mi abuela exploradora en Tanzania), a esos bolsos fabulosos (Ensanchez, haces el mundo más bello), a esas delicias pantagruélicas y hermosas (¡oh, gozo hecho comida en Antoura, con ese carro de frutas que parece un bodegón flamenco!), a esos uñódromos donde dejar tu manicura niquelada y pizpireta, a esas montañas de libros fabulosos (en Gaudí), a ese lotero solitario, a esas tablas de skate... (me he vuelto loca esta tarde en la calle Argensola) y se da cuenta de que a veces la felicidad está en 25 minutos de dicha asomado a un ramillete de escaparates.
Argensola es un preludio de Navidad, un conato de viernes, una maravilla. Mañana me paso por la taberna de la esquina a brindar por el fin de semana que se entrevé ya en la distancia...
Un poco pijita y coolhuntista, cierto, pero tan encantadoramente parisina (será que está a la vera de la plaza de la Villa de París, en el alto Chueca), tan bohemia con sus balcones de forja y sus bellísimos portales como el del número 20, envidia de los portales del vecino Barrio de Salamanca.
A mí me encanta irme entreteniendo, desde Mejía Lequerica hasta Génova, de escaparate en escaparate, de capricho en capricho (un entretenimiento platónicamente estético y visual, nada de comprar a estas alturas del mes), de Nice Things a la Pluscuamperfecta, de Suus -madonna, ché scarpe italiane!- a Amaté -golosinería a la enésima potencia- de Antaura a A13... ¡La vida puede ser tan requetemonísima!
Uno (una) se asoma a todas esas promesas de tesoros vintage (ahora queda en mi corazón el recuerdo de un colgante dorado con forma de guepardo que quisiera haber heredado de mi abuela exploradora en Tanzania), a esos bolsos fabulosos (Ensanchez, haces el mundo más bello), a esas delicias pantagruélicas y hermosas (¡oh, gozo hecho comida en Antoura, con ese carro de frutas que parece un bodegón flamenco!), a esos uñódromos donde dejar tu manicura niquelada y pizpireta, a esas montañas de libros fabulosos (en Gaudí), a ese lotero solitario, a esas tablas de skate... (me he vuelto loca esta tarde en la calle Argensola) y se da cuenta de que a veces la felicidad está en 25 minutos de dicha asomado a un ramillete de escaparates.
Argensola es un preludio de Navidad, un conato de viernes, una maravilla. Mañana me paso por la taberna de la esquina a brindar por el fin de semana que se entrevé ya en la distancia...
19 de octubre de 2010
los momentos de humanidad en el Día
En el Día de mi barrio trabaja una cajera que se llama María. Debe de medir un metro cincuenta, tiene cara de no haber cumplido aún 17 años y una voz de pajarito que acongoja. "¿tiene la tarjeta del día, señora?" como si le fueras a partir el corazón de no tenerla.
María personifica la nostalgia y la tristeza que -me parece a mí- tiende a caracterizar a las cajeras del Día, más que a ningunas otras cajeras de supermercados, hipermercados, droguerías y ultramarinos de cualquier clase y ubicación (quede subrayado y en negrita que nada tengo en contra del gremio cajerístico, yo que he trabajado de mil cosas mucho menos motivadoras que acariciar códigos de barras).
María se peina el flequillo hacia atrás, sujeto con un montón de horquillas, estirado y severo, para ver si así se suma un par de años y va pasando por la luz del lector, concienzudamente, los zumos de maracuyá, las latas de atún en aceite, la pasta de bacalao Royal (un día dedicaré un post a este muy loable producto recién incorporado a mi lista de la compra), el papel higiénico. 8.47. ¿no tendrá los 47 céntimos señora? ¿los 7? ¿27? ¿10? María siempre se obceca en optimizar el cambio. Apenas mira a los ojos. Es una criatura tímida.
Hoy a la pobre, sola ante las hordas de compradores del "a cuarto de hora de cerrar", se le ha sumado una cola delante de su caja solitaria de por lo menos 30 individuos cansados y con ganas de llegar a sus casas. Y María ha llamado una vez por el timbre a su colega.
Han pasado 7 minutos ¿o 6? ¿o 46? y la cola llegaba a los cajones de ciruelas en oferta, a la nevera de los precortados de choped y pechuga de pavo y María ha vuelto a tocar la alarma. ¡Amigas -imaginaba uno la voz de gorrión de María implorando a sus compañeras- necesito ayuda!
Las compañeras, dos puertorriqueñas -otra vez, nada tengo en contra de las puertorriqueñas, yo misma pude haber nacido en Puerto Rico como en cualquier otra parte- rechonchillas y no particularmente simpáticas, seguro que andaban haciendo cualquier cosa en almacén o vete a saber dónde, y a María la cola le llegaba a los recodos de los cartones de leche (2 litros de leche de soja con calcio por sólo 1,39 euros, oiga)
Y María ha llamado de nuevo a la alarmita. Kiling, kiling.
Y una de las puertorriqueñas ha llegado refunfuñando por el pasillo, haciendo aspavientos, con cara de ira y le ha soltado, como un bofetón de palabras delante de todo el mundo. "María, eres una torpe" (tal cual). "Si necesitas que venga no me llames mil veces, que no estoy sorda".
Y entonces ha sucedido lo que motiva este brindis, este aplauso, este momento de orgullo de pertenecer a la raza humana.
Porque la pareja de estudiantes que estaba acabando su compra de sopas de sobre y lasañas precocinadas ha dicho a la puertorriqueña que era una maleducada y que estaba mal regañar a su compañera adolescente delante de un montón de gente. Y el señor que iba a continuación (con un paquete de brotes de soja, dos sobres de servilletas de papel y una montaña de cereales, galletas y fiambres en su carro) ha añadido que no ocurría nada por esperar pero que María había hecho estupendamente en llamar varias veces y que qué era eso de andar gritando a nadie.
Y aunque la cajera2 ha refunfuñado y ha replicado no sé qué de que se le estaban cayendo las cajas en el almacén y María no ha dicho ni pío hasta la tercera persona de su cola "¿tiene la tarjeta del Club Día, señora?" yo me he fijado que le brillaban los ojos, como más vivaces, y que le ha asomado una sombra de malicia en la comisura de los labios y hasta parecía un pelín menos triste cuándo le preguntaba a su clienta ¿no tendrá 23 céntimos? ¿3? ¿25? ¿2?
---reflexionando sobre el "momento cajera" no sé si es un poco triste después de todo, pero me ha gustado que alguien defendiera a María que parece tan frágil, tan dulce y tan perdida en su uniforme rojo y blanco.
María personifica la nostalgia y la tristeza que -me parece a mí- tiende a caracterizar a las cajeras del Día, más que a ningunas otras cajeras de supermercados, hipermercados, droguerías y ultramarinos de cualquier clase y ubicación (quede subrayado y en negrita que nada tengo en contra del gremio cajerístico, yo que he trabajado de mil cosas mucho menos motivadoras que acariciar códigos de barras).
María se peina el flequillo hacia atrás, sujeto con un montón de horquillas, estirado y severo, para ver si así se suma un par de años y va pasando por la luz del lector, concienzudamente, los zumos de maracuyá, las latas de atún en aceite, la pasta de bacalao Royal (un día dedicaré un post a este muy loable producto recién incorporado a mi lista de la compra), el papel higiénico. 8.47. ¿no tendrá los 47 céntimos señora? ¿los 7? ¿27? ¿10? María siempre se obceca en optimizar el cambio. Apenas mira a los ojos. Es una criatura tímida.
Hoy a la pobre, sola ante las hordas de compradores del "a cuarto de hora de cerrar", se le ha sumado una cola delante de su caja solitaria de por lo menos 30 individuos cansados y con ganas de llegar a sus casas. Y María ha llamado una vez por el timbre a su colega.
Han pasado 7 minutos ¿o 6? ¿o 46? y la cola llegaba a los cajones de ciruelas en oferta, a la nevera de los precortados de choped y pechuga de pavo y María ha vuelto a tocar la alarma. ¡Amigas -imaginaba uno la voz de gorrión de María implorando a sus compañeras- necesito ayuda!
Las compañeras, dos puertorriqueñas -otra vez, nada tengo en contra de las puertorriqueñas, yo misma pude haber nacido en Puerto Rico como en cualquier otra parte- rechonchillas y no particularmente simpáticas, seguro que andaban haciendo cualquier cosa en almacén o vete a saber dónde, y a María la cola le llegaba a los recodos de los cartones de leche (2 litros de leche de soja con calcio por sólo 1,39 euros, oiga)
Y María ha llamado de nuevo a la alarmita. Kiling, kiling.
Y una de las puertorriqueñas ha llegado refunfuñando por el pasillo, haciendo aspavientos, con cara de ira y le ha soltado, como un bofetón de palabras delante de todo el mundo. "María, eres una torpe" (tal cual). "Si necesitas que venga no me llames mil veces, que no estoy sorda".
Y entonces ha sucedido lo que motiva este brindis, este aplauso, este momento de orgullo de pertenecer a la raza humana.
Porque la pareja de estudiantes que estaba acabando su compra de sopas de sobre y lasañas precocinadas ha dicho a la puertorriqueña que era una maleducada y que estaba mal regañar a su compañera adolescente delante de un montón de gente. Y el señor que iba a continuación (con un paquete de brotes de soja, dos sobres de servilletas de papel y una montaña de cereales, galletas y fiambres en su carro) ha añadido que no ocurría nada por esperar pero que María había hecho estupendamente en llamar varias veces y que qué era eso de andar gritando a nadie.
Y aunque la cajera2 ha refunfuñado y ha replicado no sé qué de que se le estaban cayendo las cajas en el almacén y María no ha dicho ni pío hasta la tercera persona de su cola "¿tiene la tarjeta del Club Día, señora?" yo me he fijado que le brillaban los ojos, como más vivaces, y que le ha asomado una sombra de malicia en la comisura de los labios y hasta parecía un pelín menos triste cuándo le preguntaba a su clienta ¿no tendrá 23 céntimos? ¿3? ¿25? ¿2?
---reflexionando sobre el "momento cajera" no sé si es un poco triste después de todo, pero me ha gustado que alguien defendiera a María que parece tan frágil, tan dulce y tan perdida en su uniforme rojo y blanco.
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