30 de octubre de 2011

Por Intermezzo

Hacía una vida que no íbamos a desayunar a uno de mis bares de barrio favoritos, Intermezzo, pero este sábado nos hemos regalado una de esas mañanas indolentes a la vera del periódico, del muy estulto y aún así irresistible suplemento femenino, del bizcocho casero y el zumo de naranja.

Lo mejor de Intermezzo no es el bizcocho de yogurt, tan gordo y esponjoso que hay que cortarlo en transversal para llevárselo a la boca, como si fuera el pan de un bocata. Tampoco las rosquillas de anís que siempre pedimos como propina, ni siquiera el zumo de naranja recién exprimido.

 Lo mejor no es el chucho milenario y despeinado que recorre los bajos de las mesas con su cara triste ni la camarera con físico de hormiguita hacendosa y voz aniñada. Lo mejor no es que no haya apenas nadie a estas 11 del sábado recién estrenado.

Para mí, lo mejor es el ventanal enorme que se asoma al Auditorio Nacional, a los edificios de Príncipe de Vergara y las pistas de baloncesto. Eso, y la sensación de estar asomado al mundo de posibilidades infinitas del fin de semana, el horizonte abierto y despejado y sereno de las mañanas de sábado junto al café con leche...

13 de octubre de 2011

Por mis alumnos, cuando son buenos

No es que lo sean siempre, ni siquiera a menudo, pero a veces pasa que mis estudiantes (he cambiado de curro y estoy dando clases en la universidad) me sorprenden, qué leches, me dejan con la boca abierta.

Hace una semana, más o menos, les pedí que inventaran y grabaran un vídeo, un spot, como si estuvieran trabajando para la Oficina de Turismo de Madrid.
Como son estudiantes de segundo, sólo, que no me tienen ni 20 añitos de nada, les pedía nada más que buscasen -en grupos- estereotipos de otra ciudad en Madrid, que persiguiesen el sabor de otras capitales, las texturas, los aromas, las gentes, los rincones... en la nuestra.

Como eso de que son nativos tecnológicos es más verdad que que yo soy rubia, les pedía un vídeo editado: 30 segundos mínimo para decir que Madrid tiene un color especial y es el color de muchos sitios. La campaña quería subrayar el carácter cosmopolita y universal de nuestra muy requetepolifacética urbe y para ello cada equipo iba a salir a la caza de esos sabores y aderezos que, todos juntos, saben a Madrid, que si Beijing, que si Bogotá, que si Nueva Delhi, que si Tokyo...

Tengo un montón de Erasmus en clase y muchos estudiantes que, aunque españoles, se han hecho madrileños de adopción universitaria. Así que quería, básicamente, que guiris y naturales y despistados descubrieran un poco y que amasen más el lugar en que viven. Y como siempre les pido a mis alumnos que en cada grupo haya un internacional, pues quería que los sacasen de paseo, que se fueran juntos a explorar su tierra en busca de alusiones de otras, que se tomaran unas cañas, vaya, que eso siempre inspira.
Como son estudiantes de Pensamiento Creativo, y llevamos apenas tres semanas de clase me esperaba cualquier chapuza (no, en realidad no, en el fondo de mi corazoncito de profe, no, pero estaba mentalizada para rebajar las expectativas). Algún excompi del mundo real, el del oficio, me lo advirtió, 'verás qué cagadas'. Y es que hay veces que los estudiantes son de una vagancia ultraterrena.

Pero resulta que se lo han currado, y que me han presentado cosas como ésta.



 Así que, henchida de orgullo pedagógico, brindo por ellos






11 de octubre de 2011

Por Eric

El el Día de debajo de mi casa -y con este inicio sabéis que voy a hablar de uno de mis temas en absoluto favoritos y que el tema bien justifica mi regreso a este blog- en mi Día, decía, alguien ha decidido incluir una portentosa innovación, y no es broma.
En un encendido canto a la igualdad de oportunidades, ha aparecido Eric, el nuevo cajero. Y vale que no es 'el hombre Cocacolalight' del anuncio de los 80, pero Eric bien se merece un brindis.
Que no, que no está cachas. Si Hannah Barbera hubiera tenido algún modelo humano a la hora de dibujar al impertérrito compañero de Scoobie Doo, ése hubiera sido Eric. Apolíneo, enjuto y larguirucho, con una pose que yo denominaría como junquiforme (permítase el neologismo) Eric -que no se llama Eric pero no sé cómo se llama- presume de un fabuloso peinado juglaresco y una inverosímil tonalidad naranja en su muy poblada cabellera. Descolgado en su bata roja, con su aire despistado, Eric sonríe siempre, de continuo y se entretiene sin pudor con las abuelitas mañaneras que bajan a la compra acompañadas de sus nietos huidos de la guardería (ahora he cambiado de trabajo y puedo permitirme otras observaciones). Eric se pone a jugar con ellos y los kinder sorpresa de al lado de la caja y se queda tan pancho. Son los pequeños placeres de poder hacer la compra a la hora 'cocacola light', las 11.30 de la mañana.
Soy del todo incapaz de calcular la edad del nuevo 'chico Día', menos de 30 diría en un vistazo... pero pudiera ser que Eric, con su porte de hijosdalgo y su mirada quijotesca, estuviera más entrado en años que en carnes.
Y luego está su voz, una maravillosa voz asincopada y bronca que de nuevo recuerda los dibujos animados estadounidenses.
No, no está mazas; no, no es un buenorro que alegre la vista a las abuelillas... pero supone una fascinante novedad en el vecindario.
Por lo demás, ha venido con una nueva compañera, y es que la vigorosa y dicharachera cajera de enfrente también se incorpora a la plantilla desde hace nada. Otro día os cuento cómo es ella porque, de momento, tampoco sé su nombre. Sólo doy fe de una cosa: sus pendientes son los más desorbitados, coloridos y rotundos, no digo del edificio, sino del barrio entero.
Brindo también por ellos.

6 de julio de 2011

El metro de los cisnes

El encargado de seguridad de mi estación de metro está locamente enamorado de Natalie Portman.
Desde que, a principios de febrero, colgaron en la marquesina más estratégica de la estación su bellísima estirpe emplumada, anunciando su descenso cinematrográfico a los infiernos de la locura y el ballet clásico, se puede ver a  nuestro segurata deambulando, a menudo, delante del cartel, compartiendo a veces el aire un poco enajenado de la dulce -y torturada- bailarina blanquinegra.
Con su uniforme, a mí me hace pensar un poco en el soldadito de plomo del cuento de Andersen.
El caso es que no ha permitido que el cartel se quite.
Han pasado muchísimos estrenos: Bienvenidos al Sur, Potiche, Aguila Roja, Perdona, pero quiero casarme contigo. Pelis americanas, francesas, iraníes, españoladas, italianas.. de animación, bélicas, westerns...
A otras marquesinas (otras con vistas menos directas al refugio de nuestro atribulado guarda ) se han asomado Caperucita Roja, Gnomeo y Julieta, los piratas del Caribe, los transformers o un oso panda gigante con cinturón de judoka.
Ni Cameron Diaz -en modo profe con mala leche- ha podido destronar la dulce carita de muñeca rota de la Portman transmutada en cisne negro.
Nuestro guarda está enamorado.

Sólo temo que empiece la temporada de estrenos de pelis de súper héroes y equiparables (que si Linterna Verde, que si Conan, que si el Capitán América)... porque la taquillera va a sacar uñas si lo que está en juego es que se exhiba o no el super-heroico cachamen en la marquesina más estratégica y con mejores vistas de la estación.

22 de junio de 2011

Mi nombre tatuado... en una habitación de hotel

Mira tu nombre tatuado... cantaba Conchita Piquer y yo me he acordado de ella al tatuar las letras de mi acrónimo, Ana, en la habitación 508 de NH City & Tower, mirando los adoquines de San Telmo, el Obelisco, la Plaza de Mayo, escuchando el eco de algún bandoneón lejano, soñando con tanguistas y sorbiendo mate.
Que no es una milonga, ché, que yo tengo mi suite en la calle Bolivar, a dos pasitos de la Casa Rosada, del balcón de Evita.
Suite Ana Bermejillo Ibáñez, como si hubiera merecido algún galardón planetario, o hubiera cometido una heroicidad tal que hubiera entrado en los anales de la historia, como si me hubiera ganado mi sitio en un callejero de pasillos y estancias, en un mapa de vidas, o lo mismo que si hubiera descubierto un archipiélago de Micronesia o un Cabo de Buena Esperanza. (Me siento precolombina, de algún modo, o pizarriana, me siento conquistadora: Territorio Ana)
Yo nunca he estado en Buenos Aires, pero ahí está mi nombre, por encima de la cúspide del Teatro Colón, mi nombre en una placa de mi cuarto, mío porque NH Hoteles me ha dejado 'que me lo pida'.
Y ese cuarto de algún modo es mi refugio, mi ensoñación, mi anhelo, lo mismo que eran 'mi propiedad' mis cuadernos del cole, mis abrigos infantiles -como los marcaba mamá, para que no me liase con los de mis compañeros- o hasta mis primeros novietes cuando garabateaba su nombre en un adoquín del patio del recreo, mío como mis diarios, mis pañuelos y hasta una cuchara que me regaló mi Tía Mary en mi Comunión con mi nombre grabado.
¿No es lo primero que aprendemos a decir, bebés, sólo un segundo después de llamar a mamá y papá? Mío, mío, mío
Pues eso.
Qué queréis la vuestra, vuestra suite, vuestra estancia... facebook tiene la respuesta.
A partir de hoy, uno entra en el perfil de NH Hoteles y escoge su ensueño...
La eliges en un mapita digital y algún personaje, más o menos borgiano, colgará tu nombre en tu puerta, para que todos lo vean.
Si uno tiene suerte, puede ser que se lleve una semana entera, como premio, en su propia suite... ¡Mi Buenos Aires querido!
Ahí queda eso.

Yo, como sea, seguiré tarareando a la Piquer. 
Mira tu nombre tatuado 
en la caricia de mi piel, 
a fuego lento lo he marcado 
y para siempre iré con él.